Latidos

Latidos
Gervasio Sánchez

miércoles, 14 de febrero de 2018

de momento

Te doy las gracias. Y si quieres, también le doy las gracias a tu dios piramidal con una espiral en el centro que, aunque no sea el mismo al que dirijo mis contadas plegarias, seguro que igual sirve para canalizar esta energía que te envío. Ojalá te llegue en forma de calor, de agua, de tierra y de cielo. Porque de verdad que lo deseo. Que te entre por los poros de tu risa, que te haga cosquillas cuando te flaqueen las fuerzas, que te recuerde al oído cuánta magia te cuida y te cura, cuántas cosas buenas tienen todavía que ocurrir, que seguir ocurriendo, para que tú las vivas, las respires, las sientas y las devuelvas, compartidas y multiplicadas en forma de canciones.

De momento, sólo eso. Ojalá tuviera más que darte.





jueves, 8 de febrero de 2018

A los que no

A todos los hombres que nunca habéis entrado ni entraréis en mi cama os diré, no por venganza ni resentimiento, no por simple mala leche, ni por siquiera fardar delante del público... Os diré... que sí. Que efectivamente os habéis perdido grandes cosas. 

 

Por ejemplo, saber de qué manera mis mejillas se disparan al mostrarme desnuda ante otro ser humano; o cómo, cuando me despierto, mi cabeza se vuelve torpe y lenta hasta que por fin recibe la visita de esa cantidad justa de sangre y cafeína necesarias para poder dar siquiera un “buenos días” razonablemente amable. Y qué decir de esa entrañable celulitis que, fiel como ella sola, no ha soltado mis muslos ni un segundo, ni siquiera en aquellos lejanos tiempos en los que aún, ni tenía edad para votar y, terca, como la patria imaginaria que todas llevamos dentro, se ha echado a temblar de pura risa contenida, cuando en la penumbra de mis muchos espacios, ha sido confundida con hermosas texturas de piel tersa y ceñida a unas piernas de ensueño que jamás he tenido. Aunque, bien pensado, no me puedo quejar.


Os habéis perdido aprenderos mis gestos de placer, de sorpresa, de travesura premeditada, de deseo, de ternura, de obscenidad y de pura ingenuidad. Os habéis perdido también mis ganas de besaros, de entregaros mi vida y todo los sueños que se arriman, con sus plumas ligeras y transparentes, a la posibilidad de ser lo que dos personas quieran: Que se quieran fundir, comunicar, amar. Que se quieran sin prisas o estresadas. Que se quieran sentir en todas y cada una de las fases lunares. Que se quieran separar, volver a ver, olvidar...


Os habéis perdido mis caricias. Y mis miles de lenguas elevadas a la máxima presencia; las graciosas arrugas de las sábanas marcadas en mi cara; mis temores ocultos, mis orgasmos y los vuestros, mis locuras encarnadas en todas las diosas que me hablan desde el más allá y que también son parte de mis planes, aquí, en el más acá. Os habéis perdido mis canciones, mis bailes privados de salón, mis carcajadas y mis gritos, mis jadeos, mis suspiros, mis hipos, mi bruxismo (que es rabia contenida, como muchos sabéis); mis viciosos mordiscos, mis justos lametones, mis roces sin querer y mis cortinas de humo...

Os habéis perdido tantas y tantas cosas... que me da pena por vosotros y un poco también por mí.

Pero, para que veáis que mi ego no es del todo un mal tipo, os contaré un secreto paradójico: nada os habéis perdido que sea tan fuerte, ni tan jodidamente hermoso, como lo que nunca ocurrió y se quedó en el espacio sideral de los silencios profundos.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

apariencias que joden

Debería existir un interruptor en mi lóbulo izquierdo, imperceptible para el mundo, un mecanismo cuyo funcionamiento tan solo conociera yo. El chisme tendría un “on” de los simples y vendría instalado sin más instrucciones que mi voluntad, un “dale y ya” que me permitiría encender la magia que habita en cada una de mis células. Haría tantas cosas...

Por ejemplo, te confesaría una de mis debilidades, te diría al oído que los camareros me fascinan, además de complicarme la vida por sistema y que, al menos los menores de cuarenta, deberían estar prohibidos. No porque la edad suponga ningún impedimento para destrozarnos la boca de mutuo acuerdo, sino porque, después de eso, tu sonrisa perdería todo su encanto y sería yo la que me cagaría de miedo. Y por ahí sí que no paso.

Si diera con ese interruptor, haría desaparecer todas las voces de alarma. Es más, creo que las tuyas me las comería sin siquiera descongelarlas. Y cuando se me helara el alma y me convirtiera en una estatua de blancas cabelleras, la magia de mi cuerpo provocaría una hoguera en medio de mi vientre para calentar todo lo que no hemos podido escribir juntos.

¿Qué quieres que le haga si estoy enamorada de tu pelo? ¿Si tus manos me atrapan y componen canciones para mí por las noches? ¿Si tus ojos se alegran tanto y siempre de verme? ¿Qué puedo hacer si el día en que escuché tu voz pronunciando mi nombre, se me instaló un volcán en la garganta y no hago ya más que zamparme tus besos en la luna, porque aquí donde existes no puedo respirar y me atraganto?

Quiero ese interruptor en mi lóbulo izquierdo, para apagarte ahora que duele tu sordera y esta obsesión de niña que me arrincona a versos cuando pretendo hablar de cualquier tontería y me sales acústico por detrás de la barra.

Antes de que me digas que estoy loca de atar, antes de que te vayas con el susto a otra parte, déjame que te cuente que hace muy poco tiempo, yo fui tan joven como tú. Y aún no se me ha pasado.


miércoles, 1 de abril de 2015

abriéndome

Te sufro cuando me meto las manos en los bolsillos de los tejanos para calentarlas y descubro de nuevo que en el fondo del forro que todo lo esconde y que todo lo aguanta... no hay nada. Ni siquiera un agujero donde dejar que se hunda mi cara de vergüenza por seguir mendigando que me comas a besos. Por beberme tu olvido. Por no bajarme de este burro de cargas imposibles que me rompen espejos en tu cara bonita, tu cara de angelito, tu cara, cada día más dura que mis fuerzas.



A veces se me va la cabeza a tus labios y me tapo las ganas para no derramar tanta ceguera a gritos. Que no me da ni tiempo de decirte cuánto y cuánto te siento. Y me siento atrapada. A penas un segundo me falta para odiarte. Por eso es que te sufro. Porque estás en las lágrimas de todas mis resacas y los días felices se me escapan contigo, agarradas al humo de esta mierda que mata.

martes, 4 de febrero de 2014

hay sitio para dos en mi llavero

La casa no es muy grande pero caben tus nervios y la izquierda primavera que huele a fruta fresca y a pizarra. No miento si te digo que conozco tus huecos y rarezas.
Hazme el favor… Invítame a un te quiero.

Te dejaré gritar en plena calle y abrazarme cuando abran los cajeros del miedo a envejecer. A cambio pido un gesto por tu parte, una señal de ceda en tus vaqueros, una mancha de tiza en mi barbilla, una inicial que acabe con las sobras.

No duermo si mi almohada te consulta. Deberías oírla… Se levanta sonámbula y recorre
el pasillo alargado de mis sueños buscando tu cabeza. No quiere saber nada de razones, sólo aspira a ofrendarte su ternura. Y yo, que ando despierta, pendiente de sus plumas disidentes cansadas de esta guerra, la cojo de tu ausencia y la devuelvo, una noche tras otra, a la esperanza: “Tal vez mañana ensucie nuestras sábanas”, le digo mientras fumo demasiado.

No quiero hacerme polvo con tu risa, ni enfermar delirando ante mis múltiples desayunos contigo. La verdad, más que doler, se instala en cada arritmia del presente imperfecto. Y yo la amo porque tiene defectos.

Invítame a un te quiero y te lo cuento mientras tomamos besos y jugamos a no mentirnos nunca.


miércoles, 1 de mayo de 2013

día internacional del uno y de la una

Hoy que el mundo se está derrumbando porque nosotros mismos contribuimos a esa autodestrucción masiva, quiero reivindicar con mis dos manos la fuerza vital de un solo gramo de luz contenida en un rayo solar, el éxtasis de la existencia manifestado en actos tan revolucionarios como una sonrisa desinteresada, un gesto amable o una canción de amor.

Quizás por eso sigo escribiendo. Porque, de las cosas que sé hacer medio bien o medio mal con esta soledad, la escritura es la única que me proporciona momentos de belleza inigualables. Y en este mismo destierro que predican a diario mis rápidas pulsaciones, la del verbo es sin duda la creación más mágica que conozco porque, sin saber cómo, consigue conectar mi más absoluta nada con todo lo demás, en un acto paradójico de comunión fantástica a la vez que real.

Escribo porque me necesito. Porque no puedo vivir sin mí. Y porque desde los hilos misteriosos que agitan mi abismo sin ninguna compasión, siento el deseo desesperado de gustarme.

Puede que el mandato que me empuja a garabatear provenga de otra fuerza que no me pertenezca.

Puede  que yo sólo sea el instrumento de algo o de alguien que se entretiene, como yo con las teclas de este ordenador. Pero aun si eso fuera cierto, me reconozco en la perfección del conjunto resultante, a pesar de que la forma o el fondo de cada frase, de cada párrafo o de cada historia, puedan convertirse en contenedores inorgánicos de necedades sublimes o finalmente, en sentencias carentes de cualquier virtualidad.

Escribir me proporciona nuevos y viejos estímulos. Y también recodos de descanso, de observación y de autoobservación. Me hace vivir sin la pesada responsabilidad de ser la protagonista constante, la consciencia omnipresente, la cara oculta de mi cuerpo físico. Me excluye momentáneamente de ese nivel de humanidad o de deshumanidad que me caracteriza por decreto ley. Quizás a eso es a lo que la gente llama evasión. ¡Me canso de ser yo continuamente!

Y en eso que... hoy mismo, un día en el que millones de millones de almas simplemente "son"…
… yo quiero "ser" con ellas, parte de su mismo agotamiento, de su misma esperanza, de su misma lucha, de su misma transformación...
Ésta es tan sólo una intencíon diminuta, insignificante (o no) de seguir hincando mis raras pezuñas en las raíces de lo que quiera que seamos, con el deseo de que este sistema de signos repetidos me ayude a convertirme, cómo os lo diría...

...en una sonrisa desinteresada, en un gramo de luz, en una canción de amor, en un gesto amable... en la palabra justa.

sábado, 6 de abril de 2013

la bella y la bestia

Miembros del jurado:

"Tengo un poema entre dientes. Sin duda, unos incisivos retorcidos y muy personales".
No sé nada del asesinato del que me acusan. En todas las hipótesis que se han barajado durante este juicio, sólo he escuchado salir de las bocas de la acusación una pobre verdad: "Ella ha muerto sin haber desayunado." Pero su animal pervive. Es más; yo diría que sigue en esta sala.

Quienquiera que fuera el verdadero autor o autora de este crimen desorganizado, no logró deshacerse de la criatura. Tenemos pruebas fehacientes que así lo indican, y testigos adminicomulativos que nos lo han confirmado en el transcurso del proceso: Está la chica del supermercado, el conductor del autobús, el periodista que entrevista a los viejos y yo misma, la acusada, aunque soy consciente de que mi testimonio les es del todo irrelevante en este asunto. Pero hay algo que ninguno de los presentes podrá negar. Todos nosotros hemos escuchado llorar a la bestia tras el fallecimiento de la víctima. Incluso hay fotografías, datadas con posterioridad a su defunción, en las que se puede adivinar la silueta de su sombra.

¿Qué más tenemos...?

Sabemos que las sábanas de la cama donde yacía el cadáver estaban arrugadas y el cuerpo del delito aún caliente cuando llegó la policía. Además, no se encontró ninguna señal de violencia en la chica, pues ha quedado demostrado que las marcas en su barbilla y las rojeces en la parte interior de sus muslos, en ningún caso pueden atribuirse a la práctica de relaciones sexuales no consentidas ya que, como muy bien aclararon la psiquiatra, el neurólogo y el consagrado Dr. Deseo, la sonrisa en su rostro, la relajación insólita de sus músculos, junto con otras pesquisas como la colilla o la temática de los últimos poemas escritos de su puño y letra, refuerzan dicha aseveración, mucho más concluyente, si cabe, tras el último informe del forense.
Las causas de la muerte siguen, por tanto, siendo un misterio para todos nosotros. Aunque si me lo permiten, les expondré mi propia teoría:

Verán. Tengo la absoluta convicción de que fue ella misma quien resolvió quitarse la vida mientras dormía. Soñó su propia aniquilación. La preparó minuciosamente y la llevo a cabo sin dejar el menor indicio, sin levantar una ligera sospecha.
Mucho me temo, su señoría, que la chica sabía demasiadas cosas. Por ejemplo: Por las características del DNI de la bestia, era poseedora de una certeza inquietante; si no tomaba justo a tiempo la determiniación de desaparecer, el animal que ella misma había alimentado, cuidado y visto crecer, por su propia naturaleza monstruosa, habría acabado por devorarla a ella. 

Para evitar una atrocidad tal y salvarla de su propio destino, ¿cómo debía proceder? ¿qué debia hacer? ¿actuar primero…?

¡No, señoras y señores, miembros del jurado!¡Ella jamás hubiera podido hacer tal cosa!

¿Y saben por qué...?

                              (silencio)


La respuesta es, bajo mi humilde opinión, simple a la vez que humana y por tanto, en gran parte irracional:

Esa chica amaba a su bestia muchísimo más que a su propia belleza.

                             (silencio)



Y con esto concluyo, señoría.

Espero, tras este alegato final, haberles convencido de mi inocencia o, como mínimo, haber conseguido acercarles un poco más a la verdad de los hechos: La bella salvó a la bestia y al mismo tiempo, en su último acto de amor, le cedió parte de su destino condenándola a vivir en libertad. Ese bicho, huérfano de su otra parte y desprovisto de toda caricia, sigue aquí. No lo olviden nunca.

Muchas gracias.