Latidos

Latidos
Gervasio Sánchez

sábado, 27 de julio de 2019


cobre

Voy vestida de blanco, caminando por una duna tostada al atardecer. El sol se me disuelve en mil tonos de cobre, son aleaciones que me hacen tanta falta como mis otras partes, esas que todavía no he puesto a remojo y que están en algún cajón de la casa. Quién sabe...

Mis manos apuñalan rabiosas un teclado hambriento de algo hermoso, ese matiz suave que hay en mi cabello recién decolorado, pero que no sabe aún cómo brillar. Me quiebro. Mil veces y tres veces mil. Me quiebro. Cien veces y ocho veces cien al cubo, más tu risa. Tu risa se ríe de mí. Y yo me quiebro. Es solo el ahora. Ya sé que es pasajero y que quien ríe el último, ríe mejor.

Lo ideal sería que lo hiciéramos juntos.



domingo, 30 de junio de 2019

(re) componiendo


Este es uno de esos veranos sucios por dentro, en los que el calor no abraza y la azotea humea cualquier resquicio de “ya pasará”.

Ardo en un fuego orgánico y helado junto con las ganas de argüir cualquier estrategia para permitirme lo que haga falta. Me he tirado a la hoguera. Y la fórmula química del sol que, en teoría, tiene que iluminarme tras el éxtasis del paro cardíaco, viene con una tara de fabricación. Malditas imitaciones. No hay oxígeno para quemar. Ni más leña en la Tierra.

Acepto lo que es. Aunque la frase me suene a rancio y me escupa en las tripas creencias que no me pienso creer en la vida. Me asusta admitir tanta deriva, eso es verdad, y también no querer más barquitos que hundir, ni más charcos donde naufragarme al desnudo.

Hierve la saga de este chillido quieto. Es un “aquí me quedo” definitivo. Porque “no puedo más”, que diría Aquel. Y porque no vale la alegría. Aún quedan derechos (de izquierdas).

Y lo hago. Aquí me quedo. Ahogando las ideas que se clavan en la alfombra y que discuten con los ácaros la mejor manera de camuflarse -para que esta sentada no parezca una derrota-. No hay lugar para mí en mí. Ni siquiera en esta casa que parecía habitable. Así que tendré que buscar una pensión sin estrellas a plena luz del inexistencial-ismo. Tal vez una celda color de hospital, disponible para los rebeldes sin causa como James. Como yo. Heridos (de mierda) que jamás volverán a ser nada personal.

No sé dónde he estado todo este tiempo. Quizás me he ido y ya no he vuelto más. No me culpo. Dicen por ahí que las cosas pasan siempre por alguna razón. Y a mí me sobran cabezas. De hecho, me redunda cualquier palabra conocida. Por eso me urge inventar un diccionario verde que empiece antes de la A (de ansia) y acabe más allá de la Z (de teleobjetivo). Para parirlo necesitaré música y letras de algodón. Mucho algodón. Porque, joder, esta manía de sangrar se ha convertido en la única composición que aún no ha salido a la calle. No me extraña... ¡con este calor!... Lo hará en breve. Y los gatos maullarán en rojo y en Mi Sostenido.



sábado, 18 de agosto de 2018

espejito, espejito


Después de un tiempo sin poder decidir si me voy o si me quedo, he optado por dejarme caer. Tengo hambre de parálisis cerebral, ganas de mí (“sintigo”) y de ti (“sinmigo”). Es porque me engancho a gilipolleces de Emma Bovary. Por eso estoy en que la solución es meterme una señal de Stop intravenosa y mearme de la risa. Porque, de nuevo, las cosas son como son y punto.

No sé si te quiero sin querer o esto mío es una especie de manía hereditaria y barata que llevo a cuestas como un virus que se manifiesta cuando el conflicto ya ha dejado de existir, solo para recordarme que no es necesario dejarme invadir por elementos extraños y que, mi excesiva generosidad y mi ridícula costumbre de complacer, sin placer es, a esta edad, una reacción obsoleta, además de hipócrita.

Como dice Leiva, “solo te deseo que tu mierda cobre vida y te de un beso...” Y que lo haga a través de los poros de tu piel, con el objetivo de que la materia muerta de la que también estamos hechos resucite y puedas, finalmente, seguir tu viaje sin ningún complejo.

Mi versión de los hechos es que no eres lo que vendes. 

Aunque seguramente esté proyectando.

miércoles, 14 de febrero de 2018

de momento

Te doy las gracias. Y si quieres, también le doy las gracias a tu dios piramidal con una espiral en el centro que, aunque no sea el mismo al que dirijo mis contadas plegarias, seguro que igual sirve para canalizar esta energía que te envío. Ojalá te llegue en forma de calor, de agua, de tierra y de cielo. Porque de verdad que lo deseo. Que te entre por los poros de tu risa, que te haga cosquillas cuando te flaqueen las fuerzas, que te recuerde al oído cuánta magia te cuida y te cura, cuántas cosas buenas tienen todavía que ocurrir, que seguir ocurriendo, para que tú las vivas, las respires, las sientas y las devuelvas, compartidas y multiplicadas en forma de canciones.

De momento, sólo eso. Ojalá tuviera más que darte.





jueves, 8 de febrero de 2018

A los que no

A todos los hombres que nunca habéis entrado ni entraréis en mi cama os diré, no por venganza ni resentimiento, no por simple mala leche, ni por siquiera fardar delante del público... Os diré... que sí. Que efectivamente os habéis perdido grandes cosas. 

 

Por ejemplo, saber de qué manera mis mejillas se disparan al mostrarme desnuda ante otro ser humano; o cómo, cuando me despierto, mi cabeza se vuelve torpe y lenta hasta que por fin recibe la visita de esa cantidad justa de sangre y cafeína necesarias para poder dar siquiera un “buenos días” razonablemente amable. Y qué decir de esa entrañable celulitis que, fiel como ella sola, no ha soltado mis muslos ni un segundo, ni siquiera en aquellos lejanos tiempos en los que aún, ni tenía edad para votar y, terca, como la patria imaginaria que todas llevamos dentro, se ha echado a temblar de pura risa contenida, cuando en la penumbra de mis muchos espacios, ha sido confundida con hermosas texturas de piel tersa y ceñida a unas piernas de ensueño que jamás he tenido. Aunque, bien pensado, no me puedo quejar.


Os habéis perdido aprenderos mis gestos de placer, de sorpresa, de travesura premeditada, de deseo, de ternura, de obscenidad y de pura ingenuidad. Os habéis perdido también mis ganas de besaros, de entregaros mi vida y todo los sueños que se arriman, con sus plumas ligeras y transparentes, a la posibilidad de ser lo que dos personas quieran: Que se quieran fundir, comunicar, amar. Que se quieran sin prisas o estresadas. Que se quieran sentir en todas y cada una de las fases lunares. Que se quieran separar, volver a ver, olvidar...


Os habéis perdido mis caricias. Y mis miles de lenguas elevadas a la máxima presencia; las graciosas arrugas de las sábanas marcadas en mi cara; mis temores ocultos, mis orgasmos y los vuestros, mis locuras encarnadas en todas las diosas que me hablan desde el más allá y que también son parte de mis planes, aquí, en el más acá. Os habéis perdido mis canciones, mis bailes privados de salón, mis carcajadas y mis gritos, mis jadeos, mis suspiros, mis hipos, mi bruxismo (que es rabia contenida, como muchos sabéis); mis viciosos mordiscos, mis justos lametones, mis roces sin querer y mis cortinas de humo...

Os habéis perdido tantas y tantas cosas... que me da pena por vosotros y un poco también por mí.

Pero, para que veáis que mi ego no es del todo un mal tipo, os contaré un secreto paradójico: nada os habéis perdido que sea tan fuerte, ni tan jodidamente hermoso, como lo que nunca ocurrió y se quedó en el espacio sideral de los silencios profundos.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

apariencias que joden

Debería existir un interruptor en mi lóbulo izquierdo, imperceptible para el mundo, un mecanismo cuyo funcionamiento tan solo conociera yo. El chisme tendría un “on” de los simples y vendría instalado sin más instrucciones que mi voluntad, un “dale y ya” que me permitiría encender la magia que habita en cada una de mis células. Haría tantas cosas...

Por ejemplo, te confesaría una de mis debilidades, te diría al oído que los camareros me fascinan, además de complicarme la vida por sistema y que, al menos los menores de cuarenta, deberían estar prohibidos. No porque la edad suponga ningún impedimento para destrozarnos la boca de mutuo acuerdo, sino porque, después de eso, tu sonrisa perdería todo su encanto y sería yo la que me cagaría de miedo. Y por ahí sí que no paso.

Si diera con ese interruptor, haría desaparecer todas las voces de alarma. Es más, creo que las tuyas me las comería sin siquiera descongelarlas. Y cuando se me helara el alma y me convirtiera en una estatua de blancas cabelleras, la magia de mi cuerpo provocaría una hoguera en medio de mi vientre para calentar todo lo que no hemos podido escribir juntos.

¿Qué quieres que le haga si estoy enamorada de tu pelo? ¿Si tus manos me atrapan y componen canciones para mí por las noches? ¿Si tus ojos se alegran tanto y siempre de verme? ¿Qué puedo hacer si el día en que escuché tu voz pronunciando mi nombre, se me instaló un volcán en la garganta y no hago ya más que zamparme tus besos en la luna, porque aquí donde existes no puedo respirar y me atraganto?

Quiero ese interruptor en mi lóbulo izquierdo, para apagarte ahora que duele tu sordera y esta obsesión de niña que me arrincona a versos cuando pretendo hablar de cualquier tontería y me sales acústico por detrás de la barra.

Antes de que me digas que estoy loca de atar, antes de que te vayas con el susto a otra parte, déjame que te cuente que hace muy poco tiempo, yo fui tan joven como tú. Y aún no se me ha pasado.


miércoles, 1 de abril de 2015

abriéndome

Te sufro cuando me meto las manos en los bolsillos de los tejanos para calentarlas y descubro de nuevo que en el fondo del forro que todo lo esconde y que todo lo aguanta... no hay nada. Ni siquiera un agujero donde dejar que se hunda mi cara de vergüenza por seguir mendigando que me comas a besos. Por beberme tu olvido. Por no bajarme de este burro de cargas imposibles que me rompen espejos en tu cara bonita, tu cara de angelito, tu cara, cada día más dura que mis fuerzas.



A veces se me va la cabeza a tus labios y me tapo las ganas para no derramar tanta ceguera a gritos. Que no me da ni tiempo de decirte cuánto y cuánto te siento. Y me siento atrapada. A penas un segundo me falta para odiarte. Por eso es que te sufro. Porque estás en las lágrimas de todas mis resacas y los días felices se me escapan contigo, agarradas al humo de esta mierda que mata.